El honor de los Bin Laden

Adrián Mac Liman
El
clan de los Bin Laden está harto de llevar
un apellido maldito; un apellido que, desde
el 11 de septiembre de 2001, provoca
rechazo, cierra las puertas del selecto
mundillo de los multimillonarios
occidentales. Los Bin Laden, refinados,
ricos y famosos, quieren disfrutar de las
prerrogativas que les concede su holgada
situación económica, de aparecer en las
páginas de los semanarios populares como
“famosos” que llegaron a la cúspide del
éxito social. Sin embargo, la sombra de
Osama, la oveja negra de la familia,
obstaculiza la materialización de sus
sueños.
Durante las últimas
semanas del verano, los parientes del
terrorista más buscado del planeta se
reunieron en una mansión aislada de Monte
Carlo, una especie de fortaleza inexpugnable
situada en las colinas del principado. Ahí,
una cuarentena de hermanos, primos, tíos y
cuñados del líder de Al Qaeda, trataron de
elaborar una estrategia destinada a “lavar
la cara” al conjunto del clan. Una decisión
indispensable, teniendo en cuenta los
intereses económicos de la familia, que
controla las actividades del “Saudi Bin
Laden Group”, empresa multinacional
presente en numerosos países del Oriente
Medio y del Magreb y que cuenta con una
plantilla de 35.000 empleados. La compañía,
cuya cifra de negocios asciende a 5.000
millones de dólares, fue creada en 1950 por
Mohamed Bin Laden, patriarca de la familia y
hombre de confianza de la Casa Real
wahabita, encargado del mantenimiento de las
mezquitas de las ciudades santas de Meca y
Medina y también de los edificios públicos
del reino.
Aparentemente, los
miembros del clan congregados en Monte Carlo
pretendían hallar una solución milagrosa
para acabar con el lastre impuesto por la
mala imagen de Osama. Un ejemplo concreto:
hace unas semanas, un grupo de negocios
saudí trató comprar el equipo de fútbol
británico de Newcastle. La transacción,
llevada a cabo por un testaferro, quedó sin
embargo neutralizada al descubrirse la
verdadera identidad de los compradores: los
¡Bin Laden!
No cabe duda de que
para la familia del terrorista más buscado
es importante llevar a cabo una “operación
sonrisa” antes de emprender la deseada,
aunque no siempre confesada, conquista del
mercado europeo. De hecho, la mayoría de los
miembros del clan reúne los requisitos
necesarios para ganar esta guerra. Salha, la
anfitriona de Monte Carlo, casada con el
estilista italiano Francesco Piccirillo,
cuenta con una fortuna propia estimada en
más de 200 millones de euros. Abdullah Bin
Laden, quien cursó estudios en la
prestigiosa universidad estadounidense de
Harvard, reside en Inglaterra, donde dirige
una multinacional.
Otro de los hermanos,
Tarek, regenta una cadena de farmacias en
las islas británicas. Yeslam, ciudadano
suizo, preside el grupo financiero “Saudi
Investment Group”. Al igual que otros
miembros de la familia, Yeslam tuvo sus más
y sus menos con los servicios de seguridad
franceses, empeñados en interrogarle poco
después de los atentados del 11 de
septiembre. Una situación bastante incómoda
para un banquero suizo.
“He repudiado a mi
hermano a raíz del daño que causó al
conjunto de la humanidad. Pero estimo que ya
es hora de desembarazarnos de su sombra”,
confesó Salha al tratar de resumir el
complejo programa del aquelarre de Monte
Carlo. La “operación sonrisa” acaba de
empezar…
Adrián Mac Liman
Analista político
internacional

