Entre la justicia universal y la
divina

El País
M. ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO
Una
querella presentada en Madrid pretende reactivar
el caso de la matanza de los jesuitas de la UCA
en El Salvador hace 19 años.- La violencia no ha
cesado en Centroamérica, sólo se ha transformado
El
jesuita Segundo Montes comenzó su carrera
docente en el Externado San José, un colegio de
la Compañía de Jesús en San Salvador para los
cachorros de la élite salvadoreña. Uno de sus
alumnos, José Ricardo Espinoza Guerra, llegó a
ser con el tiempo el comandante del batallón de
soldados que le asesinó. Ocurrió el 16 de
noviembre de 1989, en el campus de la
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
(UCA). San Salvador vivía la peor ofensiva del
izquierdista Frente Farabundo Martí de
Liberación Nacional (FLMN) y el Ejército se
defendía a sangre y fuego.
La
víspera del crimen por la noche, un compañero de
Montes, el también jesuita Ignacio Martín-Baró,
llamó a su hermana Alicia, que le preguntó
cuándo iba a mejorar la situación en El
Salvador, en guerra desde 1980. "Van a tener que
morir muchas personas antes de que eso ocurra",
respondió. Ignacio Martín-Baró fue abatido horas
después al lado de Segundo Montes por los
soldados del Batallón Atlacatl, la sección
contra insurgentes a las órdenes de Espinoza.
Junto
a Montes y Martín-Baró murieron acribillados
otros cuatro jesuitas afines a la Teología de la
Liberación -el más conocido, Ignacio Ellacuría,
reputado intelectual y a la sazón rector de la
universidad-, además de su ama de llaves y la
hija de ésta. La víspera, el 15 de noviembre,
casi a la misma hora que Martín-Baró emitía esos
malos augurios, el entonces coronel -y hoy
general- René Emilio Ponce ordenaba al coronel
Alfredo Benavides "asesinar al padre jesuita
Ignacio Ellacuría y no dejar testigos".
Benavides trasladó a Espinoza la misión.
Los
datos anteriores -la anécdota amarga del pupilo
que se vuelve verdugo; los nombres y apellidos,
la orden expresa de eliminar todo rastro de los
hechos- aparecen en la querella criminal
presentada el pasado 13 de noviembre ante la
Audiencia Nacional de Madrid por la Asociación
Pro Derechos Humanos de España (APDHE) y el
Centro de Justicia y Responsabilidad (CJA) de
San Francisco (EE UU). Como acusados figuran 15
ciudadanos salvadoreños: 14 de ellos, militares,
como autores de las muertes, y uno civil,
Alfredo Cristiani, en el momento de los hechos
presidente del país y jefe de las Fuerzas
Armadas, como cómplice. La querella, pendiente
de ser admitida a trámite, se basa en el
principio de justicia universal (artículo 23.4
de la Ley Orgánica del Poder Judicial), el mismo
que permitió la extradición y el juicio del
dictador chileno Augusto Pinochet. Los cargos
que se imputan son gravísimos: crímenes contra
la humanidad, asesinato, crímenes de guerra y
terrorismo de Estado.
Pero
¿por qué ahora? "Porque estos delitos no
prescriben. Por eso, y porque 19 años después,
El Salvador está inmerso en una insoportable
impunidad. No hablamos sólo de la masacre de los
jesuitas, también del resto de crímenes
cometidos durante la guerra civil [1980-1992;
75.000 muertos]", dice el abogado Manuel Ollé,
presidente de la APDHE. "El juicio que se
celebró en 1990 fue fraudulento: hubo ocultación
de pruebas, amenazas a testigos, etcétera. Fue
un proceso irregular y por tanto inválido. Y la
Ley de Amnistía vigente, de 1993, es contraria a
todos los estándares de derecho internacional y
de derechos humanos, y no puede ser aplicada",
añade Ollé.
Pero
el propósito de la APDHE y el CJA va más allá:
no se trata sólo de impedir la impunidad,
también de "complementar la acción de la
justicia en El Salvador. Lo deseable sería que
con esta causa se ayude a desterrar todos los
impedimentos legales para los juicios
pendientes", concluye Manuel Ollé.
Hasta
el momento, las dos causas promovidas por la UCA
en El Salvador no han progresado, aunque el
rector José María Tojeira no desespera.
"Preferiríamos que la justicia funcionara aquí y
en eso seguimos trabajando. Aunque no la hemos
promovido, nos gustaría que la querella de
Madrid hiciera caer en la cuenta a las
autoridades de El Salvador de la importancia de
que funcionen internamente las estructuras
jurídicas y de protección de los derechos
humanos. Esta querella es en buena parte el
resultado de la negación del sistema judicial
salvadoreño a hacer justicia, y del Ejecutivo a
cumplir con las recomendaciones internacionales
que está obligado a seguir", explica Tojeira.
Por ejemplo, las de la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, entre ellas revisar el caso
con estándares internacionales, revocar la Ley
de Amnistía e indemnizar a los familiares.
"Desde 1999, el Estado salvadoreño se niega a
cumplir cualquiera de esas recomendaciones",
añade el jesuita. En paralelo, la UCA ha
presentado dos demandas en el sistema de
protección de derechos humanos de la
Organización de Estados Americanos (OEA).
No
sólo los jesuitas de la UCA esperan
consecuencias positivas de esta iniciativa. Las
organizaciones de derechos humanos salvadoreñas
se aferran a ella con vehemencia. "Para nosotros
es la única esperanza, aunque lamentablemente no
creemos que la querella vaya a impulsar el
sistema judicial salvadoreño. Contemplamos la
posibilidad de incorporarnos a la causa", apunta
María Silvia Guillén, directora de la Fundación
de Estudios para la Aplicación del Derecho. Su
organización forma parte de la Comisión Pro
Memoria Histórica de El Salvador.
"Ninguna de las personas responsables del crimen
ha sido llevada ante la justicia. En su lugar,
muchos de ellos ocupan importantes posiciones
políticas en el país", se lee en la querella. En
efecto, incluso detenta el poder el mismo
partido que en 1989: la derechista Alianza
Republicana Nacionalista (Arena). El presidente,
Elías Antonio Saca, ha cerrado filas en torno a
su antecesor: "El presidente Cristiani es el
presidente de la paz; nos sentimos muy
orgullosos de él". Saca declaró además que
"abrir heridas del pasado no es la mejor forma
de reconciliación; ya los salvadoreños nos hemos
reconciliado bastante".
Si la
querella se admite a trámite, algo que Ollé ve
posible "porque, además de reunir todos los
requisitos legales, cinco de las víctimas eran
españolas", la campaña para las elecciones
presidenciales del próximo mes de marzo podría
dar un vuelco, al salpicar al candidato de Arena
la inculpación de Cristiani en este caso de
terrorismo de Estado, el más conocido de todos
los perpetrados en el marco de los conflictos
civiles que desangraron Centroamérica a finales
del pasado siglo. "Si la querella prospera,
podría forzar un cambio de Gobierno; las
encuestas favorecen hoy a la izquierda", afirma
el politólogo salvadoreño Óscar A. Fernández.
Pero
más allá de la coyuntura política o judicial, lo
que también revela el caso jesuitas es que,
según los activistas de derechos humanos, la
guerra civil salvadoreña se cerró en falso -como
la dictadura argentina con las leyes de Punto
Final, anuladas por inconstitucionales-, y que
la impunidad, la ineficacia y la inoperancia
judiciales y la falta de reparación hacia las
víctimas son lastres que socavan gravemente el
armazón institucional del país.
Óscar
Fernández califica a El Salvador de "Estado
fallido", es decir, "un Estado minimizado,
reducido a la mínima expresión según el modelo
neoliberal, en el que impera la
transnacionalidad del dinero, las mafias y el
crimen organizado, y donde dejan de funcionar
las instituciones. Campa la ley del más fuerte,
de la violencia", explica.
Un
solo dato confirma la inoperancia del sistema de
administración de justicia en El Salvador: según
un informe del Programa de Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD) sobre impunidad, la
eficiencia judicial fue en 2005 de sólo el 3,8%,
lo que equivale a decir que el 96,1% de los
delitos quedó impune. Estos porcentajes se
refieren a homicidios, cuya tasa se acerca hoy a
la docena diaria. "Ha habido días con más
muertos que durante un día de la guerra. No hay
paz, la paz es un eufemismo", recuerda Guillén.
"El Salvador tiene uno de los índices de compra
y tenencia de armas cortas más altos del mundo:
es un escenario del far west", apostilla
Fernández.
La
violencia de la guerra ha dado paso a los
delitos comunes y a la actuación de las redes
del crimen organizado, bandas de sicarios y
escuadrones armados. Igual que la materia, es la
misma violencia repetida, en un bucle de
adaptaciones y transformaciones, como si las
condiciones estructurales que alimentaron los
conflictos bélicos del pasado siglo siguieran
ahí, encasquilladas en el botón de rebobinado de
la historia. "Antes había dos bandos, ahora no
hay bandos. Y como dice el refrán: a río
revuelto...", apunta Fernández.
Muy
parecida es la situación que se vive en
Guatemala, afectada por un proceso de punto
final a una guerra civil de 36 años (1960-1996;
260.000 muertos) similar al del país vecino. Las
investigaciones del juez de la Audiencia
Nacional española Santiago Pedraz sobre el
genocidio de la población indígena durante la
contienda son otro ejemplo de la globalización
de la justicia, igual que los procesos del juez
Baltasar Garzón contra Pinochet o contra el
genocida argentino Adolfo Scilingo, el ex
capitán de corbeta que fue juzgado en Madrid. En
Guatemala, otro fiscal español, Carlos
Castresana, comisionado de la ONU contra la
impunidad, lucha con denuedo contra la parálisis
judicial.
Constituyen su ímprobo quehacer miles de casos
pendientes de feminicidios, y de matanzas de
campesinos, indígenas o activistas de
izquierdas. Y de religiosos, también.
Ahora,
entre la justicia universal y la justicia divina
queda la memoria, el testimonio de las palabras
y la obra de los asesinados.
Olvidados por la Iglesia oficial
Más
allá de la justicia terrenal, hay una tercera
dimensión en los asesinatos de los jesuitas de
la UCA; el de Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de
San Salvador, en 1980, por orden del mayor
Roberto D'Aubuisson, fundador de Arena; el del
obispo guatemalteco Juan Gerardi, en 1998,
asesinado sólo dos días después de presentar un
informe que responsabilizaba al Ejército
guatemalteco del 90% de las violaciones de
derechos humanos durante la guerra... O de las
amenazas de muerte, la primavera pasada, al
obispo de San Marcos (Guatemala), Álvaro
Ramazzini, por denunciar la injusticia social en
una de las diócesis más empobrecidas -y más
ricas en recursos naturales- de Guatemala.
Los
crímenes cometidos contra miembros de una
Iglesia movida por la "opción preferencial por
los pobres" -el lema de los teólogos de la
liberación- interpelan directamente a la Iglesia
oficial y subrayan la inacción de la curia y del
Vaticano. "El actual arzobispo de San Salvador,
Fernando Sáenz Lacalle, se ha manifestado
contrario a la querella presentada en Madrid",
recuerda Óscar Fernández; "como el Gobierno, es
partidario de no levantar polvazón ".
"Aquí
no tenemos miedo, pero allí mis compañeros se
juegan la vida reclamando justicia", dice el
jesuita Juan Carlos Marcos, secretario general
de la APDHE, en referencia a sus colegas de la
UCA. El teólogo español Juan José Tamayo,
miembro de la junta directiva de esa asociación,
homologa los casos de la UCA, del arzobispo
Romero y del obispo Gerardi. "Hay un paralelismo
claro entre todos ellos. Fueron desatendidos en
vida y olvidados después de muertos por la
Iglesia oficial, por el Vaticano, que los
acusaba de desviarse del Evangelio e incurrir en
el terreno de la política. Esa incomprensión se
refleja en la actitud de Juan Pablo II ante
monseñor Romero, poco antes de la muerte de
éste. El Papa le dijo que se llevara bien con el
Gobierno y no creara problemas. 'El Santo Padre
no me ha entendido, no comprende que El Salvador
no es Polonia', le respondió Romero", recuerda
Tamayo, muy pesimista sobre el proceso de
canonización, en suspenso, del arzobispo
salvadoreño. "No se va a reavivar el proceso",
dice.
El
rector José María Tojeira, más alentador -o
posibilista-, considera sin embargo imparable el
camino de Romero a los altares. "Terminará
imponiéndose. La devoción hacia él sigue
creciendo en el país y su asesinato fue
claramente un acto de odio hacia lo que debe ser
un obispo católico en situaciones de conflicto
como las que vivía El Salvador. No veo que pueda
haber excusa [a la canonización]", señala el
jesuita, que también cree "posible" la
beatificación de los mártires de la UCA.
Los
que para las autoridades de El Salvador o
Guatemala eran elementos subversivos y
peligrosos marxistas, fueron para Tamayo voz de
los sin voz "en la denuncia de la injusticia y
la violencia estructural del sistema". "Esta
Iglesia es la de la memoria histórica, la de la
justicia social", sentencia el teólogo.
Para
Carlos Martín-Baró, hermano de uno de los
asesinados en el campus de la UCA, "los jesuitas
vivieron por ese pueblo y murieron por él, por
que se aplicara la justicia en todas sus formas
en un país maltratado por innumerables formas de
violencia".
Los
familiares de las víctimas no suscriben la
querella presentada en Madrid, porque prefieren
apoyar "a los que trabajan allí. Es un apoyo
moral, humano. En esta postura creemos
interpretar la actitud de nuestros hermanos". El
familiar espera que, "tras el brillo fugaz de la
noticia [de la presentación de la querella]", se
conozca más y mejor el legado de las víctimas.
"España, que mira tanto hacia allá, debería
conocer mejor la obra escrita de los jesuitas de
la UCA, y en especial la de Ignacio Ellacuría:
es el análisis más lúcido de la realidad
iberoamericana, con un valor y una vigencia
enormes. Por eso los mataron", concluye Carlos
Martín-Baró.
Y es
que, pese a la orden expresa de eliminar
testigos, el reguero de sangre aún fresca que
dejó la masacre de la UCA está sembrado de
huellas, de avisos a navegantes, de
recordatorios y claves. Los asesinos no querían
testigos pero consiguieron mártires. Mártires de
la fe, mártires de una justicia incumplida.
