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TRISTE,
MUY TRISTEMENTE...
Un día
estaba yo triste, muy tristemente
viendo cómo caía el agua de una fuente.
Era la
noche dulce y argentina. Lloraba
la noche. Suspiraba la noche. Sollozaba
la noche. Y el crepúsculo en su suave
amatista,
diluía la lágrima de un misterioso artista.
Y ese
artista era yo, misterioso y gimiente,
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.
LO FATAL
A René Pérez
Dichoso
el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no
siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de
ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres
ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
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Sonatina
La
princesa está triste... ¿Qué tendrá la
princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el
color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
El
jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa
acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz,
o en el rey de las islas de las Rosas
fragantes,
o en el que es soberano de los claros
diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de
Ormuz?
¡Ay!,
la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del
mar.
Ya
no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón
escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la
corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del
Norte
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita
princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus
tules
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien
alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh,
quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la sierra donde un príncipe
existe
(La princesa está pálida. La princesa está
triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que
abril!
«Calla,
calla, princesa, dice el hada madrina,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor.»
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LOS
TRES REYES MAGOS
Rubén
Darío
––Yo
soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo
a decir: La vida es pura y bella.
Existe
Dios. El amor es inmenso.
¡Todo
lo sé por la divina Estrella!
––Yo
soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe
Dios. El es la luz del día.
¡La
blanca flor tiene sus pies en lodo
y
en el placer hay la melancolía!
––Soy
Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que
existe Dios. El es el grande y fuerte.
Todo
lo sé por el lucero puro
que
brilla en la diadema de la Muerte.
––Gaspar,
Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa
el amor, ya su fiesta os convida.
¡Cristo
resurge, hace la luz del caos
y
tiene la corona de la Vida! |
Animará
la virgen tierra
Animará
la virgen tierra
la
sangre de los finos brutos
que da la pecuaria Inglaterra;
irán cargados de tributos
los pesados carros férreos
que arrastran candentes y humeantes
los aulladores elefantes
de locomotoras veloces;
segarán las mieses las hoces
de artefactos casi vivientes;
habrá montañas de simientes;
como un litúrgico aparato
se herirán miles de testuces
en las hecatombes bovinas;
y junto al bullicio del hato,
semejantes a ondas marinas
irán las ondas de avestruces.
Pasarán
los largos dragones
con sus caudas de vagones
por la extensión taciturna
en donde el árbol legendario
como un soñador solitario
da sus cabellos al pampero.
Y
en la poesía nocturna,
surgirá del rancho primero
el espíritu del pasado
que a modo de luz vaga existe,
cuyo último vigor palpita
en el payador inspirado
que lanza el sollozo del triste
o el llanto de la vidalita.
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EL
CANTO ERRANTE
El
cantor va por todo el mundo
sonriente o meditabundo.
El
cantor va sobre la tierra
en blanca paz o en roja guerra.
Sobre
el lomo del elefante
por la enorme India alucinante.
En
palanquín y en seda fina
por el corazón de la China;
en
automóvil en Lutecia;
en negra góndola en Venecia;
sobre
las pampas y los llanos
en los potros americanos;
por el
río va en la canoa,
o se le ve sobre la proa
de un
steamer sobre el vasto mar,
o en un vagón de sleeping-car.
El
dromedario del desierto,
barco vivo, le lleva a un puerto.
Sobre
el raudo trineo trepa
en la blancura de la estepa.
O en
el silencio de cristal
que ama la aurora boreal.
El
cantor va a pie por los prados,
entre las siembras y ganados.
Y
entra en su Londres en el tren,
y en asno a su Jerusalén.
Con
estafetas y con malas,
va el cantor por la humanidad.
En
canto vuela, con sus alas:
Armonía y Eternidad. |
ABROJOS
- LII
Érase
un cura, tan pobre,
que daba grima mirar
sus zapatos descosidos
y su viejo balandrán.
Érase un cuasi mendigo
que solía regalar
a los más pobres que él
con la mitad de su pan.
Un cura tan divertido
para hacer la caridad,
que si daba el desayuno
se acostaba sin cenar.
Érase un pobre curita
llamado el Padre Julián,
a quién vían como a un perro
los grandes de la ciudad,
pues era tan inocente
y era tan humilde el tal,
que en la casa de los grandes
daba risa su humildad.
Un día amaneció muerto,
siendo causa de su mal
no se sabe si mucha hambre
o alguna otra enfermedad.
Entonces un gran entierro
se ofreció al padre Julián,
donde sólo en cera y pábilo
se quemara un dineral.
Y se vieron coches fúnebres
y hubo un lujo singular,
a los ecos de las marchas
de la música marcial.
Y cuentan que los timbales
y oboes al resonar,
hacían burla del muerto
pobre de solemnidad...
Y que el muerto se reía
pensando en su balandrán,
con una de aquellas risas
que dan ganas de llorar.
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