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.
-RAWÍ de la guzla
de oro,
al son de tu suave
rima,
cuenta a la hermosa
Zelima
alguna historia de
amor;
y el eco blando y
sonoro
con su dulce
resonancia,
hoy recoja de esta
estancia
el viento
murmurador.
.
Tocó el cantor las
clavijas
del sonoro
instrumento;
y recogió el vago
viento
las palabras del
Rawí.
En él las miradas
fijas
que ya su voz se
levanta;
oídos atentos que
canta
la historia del
negro Alí.
I
Fue linda la mora
Zela:
no hay como ella
otra hoy en día,
por su airosa
bizarría
y por su andar de
gacela;
un pimpollo de
canela
fue su breve,
húmeda boca;
su mirada ardiente
y loca llegaba hasta el corazón:
pudo enamorar a un
león
y conmover a una
roca.
II
¡Qué color tan sin
rival!
¡Qué bello rostro
de hurí!
La tez limpia de
alelí
con un tinte de
coral;
¡Qué mora tan
celestial!
Sus sonrisas, ¡qué
hechiceras!
Se vía tras las
ligeras
gasas de su
vestidura,
lo leve de su
cintura,
lo lleno de sus
caderas.
III
Los rizaos crespos
y oscuros
de su abundoso
cabello
se derraman por su
cuello
mal prendidos, mal
seguros;
manojo de lirios
puros
en su mano tersa y
breve:
si para cortar la
mueve
las flores de sus
jardines,
afrenta es de los
jazmines
por su blancura de
nieve.
IV
Su hermoso traje de
seda
que el céfiro va a
plegar,
deja sólo adivinar
lo que a la vista
se veda;
y para que verse
pueda
tanto hechizo
soberano,
ha dicho un alfaquí
anciano
que es necesario
morir,
y ser justo, y
luego ir
al paraíso
mahometano.
V
El alcázar en que
mora
la bella ninfa
oriental,
es alcázar sin
igual
por lo mucho que
atesora;
y cuando el cielo
colora
el sol claro en mil
reflejos,
se ven brillar
desde lejos
en los muros,
incrustados,
los arabescos
dorados
y bruñidos como
espejos.
VI
De las ventanas
descienden
enredaderas
vistosas
que en cadenas
primorosas
en el aire se
desprenden;
y ya de noche se
encienden
mil luces de mil
colores
que con tibios
resplandores
descompónense en
cristales
y en apacibles
raudales
inundan rejas y
flores
VII
Alí es el etíope
bello;
negro hermoso, alto
y fornido;
de ojo brillante,
encendido
y de encrespado
cabello;
sobre la faz lleva
el sello
de un vigor que no
se doma;
según el rumbo que
toma,
él es en su alma
altanera
feroz como una
pantera,
tierno como una
paloma.
VIII
Y así es bravo en
campo abierto,
y no hay quien con
él resista
cuando huyen ante
su vista
los beduinos del
desierto;
cuando de sudor
cubierto
pelea con furia y
tino;
y no hay cuello de
beduino
que a sus alcances
se allegue,
que no lo humille o
lo sigue
con su alfanje
damasquino.
IX
Y manso es ante los
ojos
de Zela, su hermosa
amada,
esclavo de su
mirada,
cumplidor de sus
antojos;
a sus más leves
enojos
tiembla, se
estremece y llora;
si de rodillas
implora
cuando teme algún
reproche,
es el genio de la
noche
de hinojos ante la
aurora.
X
Del amor esclavo es
él;
él, que no tiene
rival
en dar la muerte a
un chacal,
o en domeñar un
corcel.
Con el enemigo,
cruel;
en la lucha,
vencedor,
altivo, fuerte,
señor,
de orgullo nunca
abatido,
tiene el pecho mal
herido
por el dardo del
amor.
XI
Zela, por su parte,
en sí
tierna, pura,
soñadora,
lo que en su alma
siente ignora,
desde que vio al
negro Alí;
siente la cándida
hurí
un continuo
suspirar;
siente que quiere
llorar
si el etíope está
ausente;
siente... muchas
cosas siente
que no las puede
explicar.
XII
Cuando en las
noches de luna
preludia Alí alguna
queja
junto a la calada
reja
de la graciosa
moruna,
ella ansía y valor
aduna,
desciende hasta su
vergel,
y allí está con el
doncel,
trocándose en esas
horas
palabras
halagadoras
y dulces besos de
miel.
XIII
El viejo padre de
Zela
no ve la llama
encendida
y así se pasa la
vida
sin temor y sin
cautela;
jamás una noche en
vela
temeroso se pasó;
porque ¿quién fue
aquel que osó
arrugarle el
sobrecejo,
si cruel como ese
viejo
ningún Bajá se
miró?
XIV
Rico, orgulloso,
temible,
esclavos tiene a
millares,
y corre la sangre a
mares
por su cólera
terrible;
suerte espantosa y
horrible
la de los siervos
que ven
a su hija, su mayor
bien,
que por ver a una
belleza,
a los que alcen la
cabeza
se les cortará a
cercén.
XV
Es de noche, manso
y lento
céfiro las ramas
mueve,
y sobre los campos
llueve
fulgores el
firmamento;
sutil y aromado el
viento
en los jardines se
cuela;
la luna plácida
riela
y se ve a su luz de
plata
que Alí llega y se
recata
en los vergeles de
Zela.
XVI
Muestra en su
rostro alterado
que lo agita la
impaciencia;
y espera, con la
vehemencia
de su pecho
apasionado;
en los pliegues
embozado
de su rico traje
moro,
bajo un alto
sicomoro
aguarda a su bien
querido
que llega, lanza un
gemido,
y da treguas a su
lloro.
XVII
-¡Por fin nuestro
amor concluye!
-dijo Zela-. Ya lo
sabe
mi padre; y antes
que acabe
contigo, Alí,
presto le huye.
-¿Yo huir? –el
negro arguye-
¿Yo estar mi Zela
sin verte?
Ya que lo quiere la
suerte
y mi estrella se
amilana,
veré a tu padre
mañana
y ante él me daré
la muerte.
XVIII
Pero si tú, Zela
mía,
a tu Alí no eres
infiel
las ancas de mi
corcel
y mi alfanje y mi
gumía;
mis joyas y
pedrería
y el corazón que te
he dado;
mi valor nunca
domado
y otras prendas que
no digo,
listos están: ven
conmigo
del desierto al
otro lado.
XIX
Desde aquí mi potro
avisto,
bruto ligero y sin
tacha
que por su brío y
su facha
ninguno como él se
ha visto:
brioso, rápido y
listo
para surcar el
desierto,
verás de sudor
cubierto
su ijar, su boca de
espuma,
mas lo mirarás en
suma,
antes que cansado,
muerto.
XX
Ven conmigo, bella
flor,
vente conmigo a
gozar;
mil prendas te voy
a dar
como te he dado mi
amor-.
Y cargando con
vigor
la niña, salió en
efecto
del jardín, y a un
vericueto
se dirigió, do
tenía
el corcel que ya
quería
correr afanoso,
inquieto.
XXI
Potro de negro
color,
nariz ancha, fino
cabo,
crespa crin,
tendido rabo,
cuello fino, ojo
avizor;
enjaezado con
primor,
de Alí corcel de
combate,
nunca el cansancio
lo abate
y casi no imprime
el callo,
cuando se siente el
caballo
herido de acicate.
XXII
En ése va el
africano
por el desierto con
Zela;
va el corcel como
que vuela
para un país muy
lejano;
y siguen al negro
ufano,
con paso tarde,
distantes
los camellos y
elefantes
do puso riquezas
mil
en perlas, oro y
marfil,
y rubíes y
diamantes.
XXIII
Que corra en el
arenal
Alí en su poro que
vuela,
mientras que el
padre de Zela
blandiendo agudo
puñal,
en su alcázar
señorial
corre, a su hija
llama y grita
con amargura
infinita,
y rabia con ansia
fiera
como una herida
pantera
que entre los
bosques se irrita.
XXIV
-¡Zela!- ruge el
viejo airado
por todas partes, y
junta
a sus ciervos, y
pregunta
por ella
encolerizado.
Nadie responde;
agitado
Y feroz como un
león,
En su loca
confusión
No hay ser humano
que mire,
Que ante sus platas
no expire
Destrozado el
corazón.
XXV
Ya cansado de matar
el anciano en
sangre tinto,
dioles rumbo muy
distinto
a su sentir y
pensar.
-Corred- dijo- a
preparar
el corcel más
corredor,
que me han robado
mi amor
y quiero ir en
busca de él;
ligero, traed el
corcel,
que me ahogo de
furor-.
XXVI
Ya corre el viejo
Bajá
por el desierto
también;
corre en busca de
su bien,
pero su mal
hallará;
hiriendo al caballo
va
con locura,
desalado;
cuando corre,
acompasado
el animal, se va
oyendo
que el estribo va
haciendo
ruido el alfanje
encorvado.
XXVII
Del desierto el
fuego es poco
para el que lleva
en el pecho
en crueles llamas
desecho
y entre su cerebro
loco.
Es su corazón un
foco
de odio y de
terrible afán;
y mil conmociones
van
más ira a dar; se
suceden
como aquellas que
preceden
a la erupción de un
volcán.
XXVIII
Castiga a más no
poder
el Bajá al corcel
ligero,
y el caballo loco y
fiero
corriendo a todo
correr,
no se pudiera tener
en la comenzada
senda:
la arena que alza
la venda,
el caballero le
hostiga,
el acicate le
obliga,
y no le ataja la
rienda.
XXIX
¿Habéis visto rauda
flecha
que del arco se
dispara,
cómo va con fuerza
rara
rompiendo en el
aire brecha?
¿Al ave visteis que
se echa
a volar y el ala
arruga
veloz y al viento
subyuga?
Pues tal corre el
Bajá y gira
como flecha que se
tira
o como pájaro en
fuga.
XXX
Adrede soltó la
brida
el anciano
caballero,
que así el paso es
más certero
y más veloz la
corrida;
va con el alma
encendida
de un raptor infame
en pos;
y a trechos le
ruega a Dios;
y cuando ve al
firmamento,
se le mira por el
viento
la barba partida en dos.
|
XXXI
Barba que el viento
desata
luenga y limpia, se
asemeja
a retorcida madeja
de hilos brillantes
de plata;
por el pecho se
dilata
y el viejo de faz
escueta
cuando la ira no
sujeta,
brusco, feroz y
zahareño,
tiene la face y el
ceño
de un irritado
profeta.
XXXII
Ya más en correr se
afana,
su potro va más de
prisa,
cuando a lo lejos
divisa
del negro la
caravana;
el viejo de barba
cana
ya se ha acercado
hasta ella;
ya pregunta por la
bella
y dice un siervo
arrogante:
-No prosigas
adelante
que Alí va con la
doncella-.
XXXIII
El Bajá fuera de sí
vuelve a emprender
la carrera,
y ruge como una
fiera
entre prisiones:
-¡Alí!-
Y requiriendo el
tahalí
diciendo con furia
va:
-Grande y poderoso
Alá,
si mi deshonra no
vengo
quítame el alma que
tengo-.
Y sollozaba el
Bajá.
XXXIV
Mientras tanto en
su corcel
Alí camina
adelante,
y Zela amada y
amante
feliz se siente con
él;
júranse ambos
pasión fiel
en extático
embeleso;
del cariño al dulce
peso
se deleitan, se
confunden,
y una misma alma se
infunden
con el aroma de un
beso.
XXXV
Débil el brioso
corcel
cayó en tierra; y
el anciano
alzó la trémula
mano
frente a Alí; la
mora, fiel
a su amado, está
con él
y sollozando se
agita;
y el viejo caído
grita
en la arena, con
dolor:
-¡Maldito sea el
raptor;
la hija pérfida,
maldita!-
XXXVI
Y ya sin poder
hablar
dobló los flacos
hinojos;
tendido, cerró los
ojos
y cesó de respirar;
con Zela Alí tornó
a andar,
y quedó el anciano
yerto,
y el caballo casi
muerto,
débil, herido,
cansado,
y con el cuello
estirado
relinchando en el
desierto.
XXXVII
Cuando la noche
tendía
su velo oscuro en
el cielo,
denso y misterioso
velo
que infunde la
melancolía,
por la arena se
veía
con extraña
confusión
medio enterrado
montón
en el desierto
lejano:
era el cuerpo del
anciano
y el cadáver del
bridón.
XXXVIII
Entre la neblina
oscura
del horizonte,
surgió
la luna y prestó
brillo
su lumbre cándida y
pura;
de aquel astro que
fulgura
se ve al rayo
temblador,
cual miraje
halagador,
del grande arenal a
un lado,
el palmeral apiñado
de un oasis
encantador.
XXXIX
Domeñó Alí con la
rienda
al bruto noble y
ligero,
y caballo y
caballero
tomaron la ansiada
senda
del oasis. La
hermosa tienda
los esclavos
levantaron;
sendas áureas se
ostentaron;
pieles ricas,
blancas, tersas;
y sobre alcatifas
persas
Zela y Alí se
sentaron.
XL
-Alí, no sé lo que
siento:
ha huido de mí la
calma
y llevo dentro del
alma
agudo
remordimiento.
De mi padre el
juramento,
la maldición llevo
en pos...
y es maldición que
a los dos
quizá el pecho nos
taladre:
que la maldición de
un padre
desata la ira de
Dios.
XLI
¡Y todo porque te
adoro,
y amarte juró mi
labio!
Pero Alá es justo,
Alá es sabio,
y el verá mi triste
lloro;
yo su clemencia hoy
imploro
con mi dolor
infinito;
y él oirá mi amargo
grito
y aliviará mi
tristeza....-
Alí alzando la
cabeza,
Le respondió:
-¡Estaba escrito!-
XLII
Acercóse Zela a Alí
y en él apoyó la
frente
y Alí diole un beso
ardiente
en los labios de
rubí;
pasó de la bella
hurí
por la cabeza la
mano,
y al contacto
soberano
de dos almas de
amor llenas...
sintió inflamarse
en las venas
su sangre el bello
africano.
XLIII
Zela ahogando su
dolor
sintió palpitar su
pecho;
y junto aquel
muelle lecho
llegar sentía el
amor;
estremecida de
ardor
iba en transportes
divinos
a soñar... cuando
¡oh destinos!
los siervos gritos
lanzaron
que en el aire
resonaron
espantosos:-¡Los
beduinos!
XLIV
Salta Alí con loco
afán
cual curioso tigre
hircano,
llevando en la
diestra mano
relumbroso yatagán;
¡vano empeño! que
allí están
con el semblante
altanero
los beduinos. Con
certero
tino lo dejan
burlado,
y lo escarnecen
atado
como esclavo
prisionero.
XLV
-Por fin caíste hoy
aquí,
león soberbio, en
nuestras garras.
-Bajo nuestras
cimitarras
está el orgulloso
Alí.
-Rico botín tengo
allí-
dice un fiero
musulmán
a los que oyéndole
están,
y a Zela hermosa
mostrando-:
muy presto irá
caminando
para el harén del
sultán...
XLVI
Al fulgurar los
primeros
rayos del sol
diamantinos,
caminaban los
beduinos
llevando dos
prisioneros;
hoscos, burlones y
fieros
les predicen pena y
mal.
Quedan en el arenal
tienda y haber
hechos trizas,
convirtiéndose en
cenizas
debajo del
palmeral.
-Rawí de la guzla
de oro
-llora la hermosa
Zelima-.
Prosigue al son de
tu rima
la amarga historia
de amor-.
.
Enjugó Zelima el
lloro,
volvió a sonar el
acento,
y al son del suave
instrumento
así prosiguió el
cantor:
XLVII
Pasaron días, ¿Dó
están
los prisioneros
cuitados?
Ambos fueron
entregados
al capricho del
Sultán;
no valió ruego ni
afán;
Alí ha perdido su
bien:
que quiso tornarlos
quien
reinaba en tierra
morisca,
por hermosa a ella,
odalisca;
y a él, eunuco del
harén.
XLVIII
¡Gran profeta!
Sabio Alá,
que eternamente has
vivido;
que conoces lo que
ha sido,
lo que es, y lo que
será:
la maldición del
Bajá
fue causa del cruel
dolor;
porque escrito
está, Señor,
que si maldice el
anciano,
cuando levanta la
mano
lanza el rayo
vengador.
XLIX
Un día, el harén se
agita
en fiestas en
zambra y ruido;
es que el Sultán ha
elegido
a Zela, su
favorita.
Ella con pena
infinita
da gemidos
lastimeros,
mientras al son de
panderos
y guzlas alegres
danzan
cien mujeres que se
lanzan
en torbellinos
ligeros.
L
¡Qué de perlas!
¡Qué de flores!
¡Qué de hermosas
alcatifas
envidia de cien
califas!
¡Y qué de ricos
olores
saltando de
surtidores
como lluvia de
diamantes,
y en aljófares
brillantes
de las esclavas
regando
ya el cabello negro
y blando,
ya los senos
palpitantes!
LI
En el centro de la
estancia
reclinado en un
diván,
escucha el joven
Sultán
la armoniosa
resonancia;
siente la dulce
fragancia
del aroma
excitador,
y mira a su
alrededor
el enjambre que se
agita;
y a la hermosa
favorita
por quien se muere
de amor.
LII
Zela que sufriendo
está
el más amargo
suplicio;
Zela que irá al
sacrificio
y la víctima será;
Zela que no volverá
a ver a su cuitado
Alí;
y lleva dentro de
sí
una herida
sanguinosa,
pues ya es del
Sultán esposa
la dulce y cándida
hurí.
LIII
Calla la música.
Zela
junto a su dueño
orgulloso,
ahoga el llanto,
sin reposo,
por temor y por
cautela;
en su semblante
revela
la honda pena y
crudo afán
que en su alma
creciendo están;
y de horror casi
está loca
cuando se junta su
boca
con la boca del
Sultán.
LIV
A una señal del
señor
las esclavas se
levantan,
como las aves se
espantan
al tiro del
cazador;
Zela muerta de
dolor
queda sola con su
dueño,
que halagador y
risueño
la besa voluptuoso,
y le destrenza el
hermoso
cabello oscuro y
sedeño.
LV
Pero al llevar
hacia sí
su tesoro, al
frente mira
y se yergue
ardiendo en ira
y con loco
frenesí...
Zela grita loca: -
¡Alí!
aterrada y
vergonzosa:
salta del diván la
hermosa;
y al verla en otros
regazos
Alí se cruza de
brazos
con una risa
monstruosa.
LVI
Flaco, la frente
arrugada,
la mano huesosa y
dura,
la crespa melena
oscura
crecida y
alborotada,
y con la vista
extraviada,
el negro Alí se
reía;
pena y salvaje
alegría
en su mirada se ven
y el eunuco del
harén
blande acerada
gumía.
LVII
-Oye, amo, yo soy
Alí
y ésa es Zela; tú
el que ordenas;
tú la sangre de mis
venas
me has
arrebatado...sí.
¿Escuchas? Pues
tengo aquí
en este acero tu
vida;
yo, la planta
destruida;
yo, el que lo ha
perdido todo;
yo el miserable, yo
el lodo,
yo la simiente
podrida.
LVIII
Zela era mi amor;
yo el de ella.
Ahora, ella alta,
yo vil;
imagínate un reptil
que habla de amor a
una estrella...
Hay un monstruo
tiene ardor...
y es un eunuco ¡oh
dolor!...
Mi amada en regazo
ajeno:
yo me revuelco en
el cieno
y tú...¡tu eres el
señor!
LIX
Y mientras tú,
satisfecho
besas a mi ángel,
yo estoy
al meditar lo que
soy
en rabia y dolor
deshecho;
sangran mis uñas,
mi pecho,
tiemblan mis
carnes; y siento
que se me infunde
un aliento
de mal, de horrible
venganza:
ya que mi brazo te
alcanza
voy a vengar mi
tormento.
LX
Zela, no quiero
mirarte
que el mirarte es
un martirio;
tu amor es vano
delirio
cuando ya no puedo
amarte;
pero no quiero
dejarte
en otros brazos,
paloma.
Tú, monarca altivo,
¡toma!
-dijo al tiempo que
lo hería-;
cierre la puerta
este día
del paraíso
Mahoma-.
LXII
Cuando los visires
fueron
al espantoso
recinto,
aquel cuadro en
sangre tinto
en medio la
estancia vieron:
del luto se
revistieron;
rogaron al santo
Alá;
aquí de esta
historia larga,
que hizo luctuosa y
amarga
la maldición del
Bajá.
.
-Rawí de la guzla
de oro
-dice la hermosa
Zelima-,
que tu suave y
dulce rima
lleva fuego al
corazón;
y que si de su
tesoro
alguna joya te
halaga,
ella te la brinda
en paga
de tu divina
canción.
.
-Guarda la hermosa
Zelima
sus joyas y sus
joyeles;
no son ésos los
laureles
que ambiciona este
Rawí;
son de más valor y
estima
sus miradas; y mi
gloria,
que conserve en su
memoria
la historia del
negro Alí.

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