RUBÉN DARÍO

ALÍ

 

ORIENTAL

 

 Al doctor Jerónimo Ramírez

 

Amigo mío:

A usted que tanto gusta de las cosas del misterioso Oriente; amigo de todo lo lujoso e imaginativo; a usted que tanto se engríe saboreando ese estilo mitad perlas, mitad mieles y flores, de las leyendas del Maestro Zorrilla; a usted mi querido doctor que es tan benevolente con todo lo que sale de mi pobre pluma, dedico este poemita. Ya recordará usted cuando me indicó que escribiese algo como lo presente. Ahí va, pues. Siento que no haya resultado como yo quisiera....; pero desgraciadamente, no he podido encontrar en ninguna parte el hachis de Théophile Gautier. ¡ Qué vamos hacer!

 

Suyo siempre,

RUBÉN

   

 .

 -RAWÍ de la guzla de oro,

al son de tu suave rima,

cuenta a la hermosa Zelima

alguna historia de amor;

y el eco blando y sonoro

con su dulce resonancia,

hoy recoja de esta estancia

el viento murmurador.

 .

Tocó el cantor las clavijas

del sonoro instrumento;

y recogió el vago viento

las palabras del Rawí.

En él las miradas fijas

que ya su voz se levanta;

oídos atentos que canta

la historia del negro Alí.

 

I

 

Fue linda la mora Zela:

no hay como ella otra hoy en día,

por su airosa bizarría

y por su andar de gacela;

un pimpollo de canela

fue su breve, húmeda boca;

su mirada ardiente y loca llegaba hasta el corazón:

pudo enamorar a un león

y conmover a una roca.

 

II

 

¡Qué color tan sin rival!

¡Qué bello rostro de hurí!

La tez limpia de alelí

con un tinte de coral;

¡Qué mora tan celestial!

Sus sonrisas, ¡qué hechiceras!

Se vía tras las ligeras

gasas de su vestidura,

lo leve de su cintura,

lo lleno de sus caderas.

 

III

 

Los rizaos crespos y oscuros

de  su abundoso cabello

se derraman por su cuello

mal prendidos, mal seguros;

manojo de lirios puros

en su mano tersa y breve:

si para cortar la mueve

las flores de sus jardines,

afrenta es de los jazmines

por su blancura de nieve.

 

IV

 

Su hermoso traje de seda

que el céfiro va a plegar,

deja sólo adivinar

lo que a la vista se veda;

y para que verse pueda

tanto hechizo soberano,

ha dicho un alfaquí anciano

que es necesario morir,

y ser justo, y luego ir

al paraíso mahometano.

V

 

El alcázar en que mora

la bella ninfa oriental,

es alcázar sin igual

por lo mucho que atesora;

y cuando el cielo colora

el sol claro en mil reflejos,

se ven brillar desde lejos

en los muros, incrustados,

los arabescos dorados

y bruñidos como espejos.

 

VI

 

De las ventanas descienden

enredaderas vistosas

que en cadenas primorosas

en el aire se desprenden;

y ya de noche se encienden

mil luces de mil colores

que con tibios resplandores

descompónense en cristales

y en apacibles raudales

inundan rejas y flores

 

VII

 

Alí es el etíope bello;

negro hermoso, alto y fornido;

de ojo brillante, encendido

y de encrespado cabello;

sobre la faz lleva el sello

de un vigor que no se doma;

según el rumbo que toma,

él es en su alma altanera

feroz como una pantera,

tierno como una paloma.

 

VIII

 

Y así es bravo en campo abierto,

y no hay quien con él resista

cuando huyen ante su vista

los beduinos del desierto;

cuando de sudor cubierto

pelea con furia y tino;

y no hay cuello de beduino

que a sus alcances se allegue,

que no lo humille o lo sigue

con su alfanje damasquino.

 

IX

 

Y manso es ante los ojos

de Zela, su hermosa amada,

esclavo de su mirada,

cumplidor de sus antojos;

a sus más leves enojos

tiembla, se estremece y llora;

si de rodillas implora

cuando teme algún reproche,

es el genio de la noche

de hinojos ante la aurora.

 

X

 

Del amor esclavo es él;

él, que no tiene rival

en dar la muerte a un chacal,

o en domeñar un corcel.

Con el enemigo, cruel;

en la lucha, vencedor,

altivo, fuerte, señor,

de orgullo nunca abatido,

tiene el pecho mal herido

por el dardo del amor.

 

XI

 

Zela, por su parte, en sí

tierna, pura, soñadora,

lo que en su alma siente ignora,

desde que vio al negro Alí;

siente la cándida hurí

un continuo suspirar;

siente que quiere llorar

si el etíope está ausente;

siente... muchas cosas siente

que no las puede explicar.

 

XII

 

Cuando en las noches de luna

preludia Alí alguna queja

junto a la calada reja

de la graciosa moruna,

ella ansía y valor aduna,

desciende hasta su vergel,

y allí está con el doncel,

trocándose en esas horas

palabras halagadoras

y dulces besos de miel.

 

XIII

 

El viejo padre de Zela

no ve la llama encendida

y así se pasa la vida

sin temor y sin cautela;

jamás una noche en vela

temeroso se pasó;

porque ¿quién fue aquel que osó

arrugarle el sobrecejo,

si cruel como ese viejo

ningún Bajá se miró?

 

 

 

XIV

 

Rico, orgulloso, temible,

esclavos tiene a millares,

y corre la sangre a mares

por su cólera terrible;

suerte espantosa y horrible

la de los siervos que ven

a su hija, su mayor bien,

que por ver a una belleza,

a los que alcen la cabeza

se les cortará a cercén.

 

XV

 

Es de noche, manso y lento

céfiro las ramas mueve,

y sobre los campos llueve

fulgores el firmamento;

sutil y aromado el viento

en los jardines se cuela;

la luna plácida riela

y se ve a su luz de plata

que Alí llega y se recata

en los vergeles de Zela.

 

XVI

 

Muestra en su rostro alterado

que lo agita la impaciencia;

y espera, con la vehemencia

de su pecho apasionado;

en los pliegues embozado

de su rico traje moro,

bajo un alto sicomoro

aguarda a su bien querido

que llega, lanza un gemido,

y da treguas a su lloro.

 

XVII

 

-¡Por fin nuestro amor concluye!

-dijo Zela-. Ya lo sabe

mi padre; y antes que acabe

contigo, Alí, presto le huye.

-¿Yo huir? –el negro arguye-

¿Yo estar mi Zela sin verte?

Ya que lo quiere la suerte

y mi estrella se amilana,

veré a tu padre mañana

y ante él me daré la muerte.

 

XVIII

 

Pero si tú, Zela mía,

a tu Alí no eres infiel

las ancas de mi corcel

y mi alfanje y mi gumía;

mis joyas y pedrería

y el corazón que te he dado;

mi valor nunca domado

y otras prendas que no digo,

listos están: ven conmigo

del desierto al otro lado.

 

XIX

 

Desde aquí mi potro avisto,

bruto ligero y sin tacha

que por su brío y su facha

ninguno como él se ha visto:

brioso, rápido y listo

para surcar el desierto,

verás de sudor cubierto

su ijar, su boca de espuma,

mas lo mirarás en suma,

antes que cansado, muerto.

 

 

XX

 

Ven conmigo, bella flor,

vente conmigo a gozar;

mil prendas te voy a dar

como te he dado mi amor-.

Y cargando con vigor

la niña, salió en efecto

del jardín, y a un vericueto

se dirigió, do tenía

el corcel que ya quería

correr afanoso, inquieto.

 

XXI

 

Potro de negro color,

nariz ancha, fino cabo,

crespa crin, tendido rabo,

cuello fino, ojo avizor;

enjaezado con primor,

de Alí corcel de combate,

nunca el cansancio lo abate

y casi no imprime el callo,

cuando se siente el caballo

herido de acicate.

 

 

 

 

 

 

XXII

 

 

En ése va el africano

por el desierto con Zela;

va el corcel como que vuela

para un país muy lejano;

y siguen al negro ufano,

con paso tarde, distantes

los camellos y elefantes

do puso riquezas mil

en perlas, oro y marfil,

y rubíes y diamantes.

 

XXIII

 

Que corra en el arenal

Alí en su poro que vuela,

mientras que el padre de Zela

blandiendo agudo puñal,

en su alcázar señorial

corre, a su hija llama y grita

con amargura infinita,

y rabia con ansia fiera

como una herida pantera

que entre los bosques se irrita.

 

XXIV

 

-¡Zela!- ruge el viejo airado

por todas partes, y junta

a sus ciervos, y pregunta

por ella encolerizado.

Nadie responde; agitado

Y feroz como un león,

En su loca confusión

No hay ser humano que mire,

Que ante sus platas no expire

Destrozado el corazón.

 

XXV

 

Ya cansado de matar

el anciano en sangre tinto,

dioles rumbo muy distinto

a su sentir y pensar.

-Corred- dijo- a preparar

el corcel más corredor,

que me han robado mi amor

y quiero ir en busca de él;

ligero, traed el corcel,

que me ahogo de furor-.

 

 

XXVI

 

Ya corre el viejo Bajá

por el desierto también;

corre en busca de su bien,

pero su mal hallará;

hiriendo al caballo va

con locura, desalado;

cuando corre, acompasado

el animal, se va oyendo

que el estribo va haciendo

ruido el alfanje encorvado.

 

XXVII

 

Del desierto el fuego es poco

para el que lleva en el pecho

en crueles llamas desecho

y entre su cerebro loco.

Es su corazón un foco

de odio y de terrible afán;

y mil conmociones van

más ira a dar; se suceden

como aquellas que preceden

a la erupción de un volcán.

 

XXVIII

 

Castiga a más no poder

el Bajá al corcel ligero,

y el caballo loco y fiero

corriendo a todo correr,

no se pudiera tener

en la comenzada senda:

la arena que alza la venda,

el caballero le hostiga,

el acicate le obliga,

y no le ataja la rienda.

 

XXIX

 

 

¿Habéis visto rauda flecha

que del arco se dispara,

cómo va con fuerza rara

rompiendo en el aire brecha?

¿Al ave visteis que se echa

a volar y el ala arruga

veloz y al viento subyuga?

Pues tal corre el Bajá y gira

como flecha que se tira

o como pájaro en fuga.

 

XXX

 

Adrede soltó la brida

el anciano caballero,

que así el paso es más certero

y más veloz la corrida;

va con el alma encendida

de un raptor infame en pos;

y a trechos le ruega a Dios;

y cuando ve al firmamento,

se le mira por el viento

la barba partida en dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXXI

 

Barba que el viento desata

luenga y limpia, se asemeja

a retorcida madeja

de hilos brillantes de plata;

por el pecho se dilata

y el viejo de faz escueta

cuando la ira no sujeta,

brusco, feroz y zahareño,

tiene la face y el ceño

de un irritado profeta.

 

XXXII

 

Ya más en correr se afana,

su potro va más de prisa,

cuando a lo lejos divisa

del negro la caravana;

el viejo de barba cana

ya se ha acercado hasta ella;

ya pregunta por la bella

y dice un siervo arrogante:

-No prosigas adelante

que Alí va con la doncella-.

 

XXXIII

El Bajá fuera de sí

vuelve a emprender la carrera,

y ruge como una fiera

entre prisiones: -¡Alí!-

Y requiriendo el tahalí

diciendo con furia va:

-Grande y poderoso Alá,

si mi deshonra no vengo

quítame el alma que tengo-.

Y sollozaba el Bajá.

 

XXXIV

 

Mientras tanto en su corcel

Alí camina adelante,

y Zela amada y amante

feliz se siente con él;

júranse ambos pasión fiel

en extático embeleso;

del cariño al dulce peso

se deleitan, se confunden,

y una misma alma se infunden

con el aroma de un beso.

 

XXXV

 

Débil el brioso corcel

cayó en tierra; y el anciano

alzó la trémula mano

frente  a Alí; la mora, fiel

a su amado, está con él

y sollozando se agita;

y el viejo caído grita

en la arena, con dolor:

-¡Maldito sea el raptor;

la hija pérfida, maldita!-

 

XXXVI

 

Y ya sin poder hablar

dobló los flacos hinojos;

tendido, cerró los ojos

y cesó de respirar;

con Zela Alí tornó a andar,

y quedó el anciano yerto,

y el caballo casi muerto,

débil, herido, cansado,

y con el cuello estirado

relinchando en el desierto.

 

 

XXXVII

 

Cuando la noche tendía

su velo oscuro en el cielo,

denso y misterioso velo

que infunde la melancolía,

por la arena se veía

con extraña confusión

medio enterrado montón

en el desierto lejano:

era el cuerpo del anciano

y el cadáver del bridón.

 

XXXVIII

 

Entre la neblina oscura

del horizonte, surgió

la luna y prestó brillo

su lumbre cándida y pura;

de aquel astro que fulgura

se ve al rayo temblador,

cual miraje halagador,

del grande arenal a un lado,

el palmeral apiñado

de un oasis encantador.

 

XXXIX

 

Domeñó Alí con la rienda

al bruto noble y ligero,

y caballo y caballero

tomaron la ansiada senda

del oasis. La hermosa tienda

los esclavos levantaron;

sendas áureas se ostentaron;

pieles ricas, blancas, tersas;

y sobre alcatifas persas

Zela y Alí se sentaron.

 

XL

 

 

-Alí, no sé lo que siento:

ha huido de mí la calma

y llevo dentro del alma

agudo remordimiento.

De mi padre el juramento,

la maldición llevo en pos...

y es maldición que a los dos

quizá el pecho nos taladre:

que la maldición de un padre

desata la ira de Dios.

 

XLI

 

¡Y todo porque te adoro,

y amarte juró mi labio!

Pero Alá es justo, Alá es sabio,

y el verá mi triste lloro; 

yo su clemencia hoy imploro

con mi dolor infinito;

y él oirá mi amargo grito

y aliviará mi tristeza....-

Alí alzando la cabeza,

Le respondió: -¡Estaba escrito!-

 

XLII

 

Acercóse Zela a Alí

y en él apoyó la frente

y Alí diole un beso ardiente

en los labios de rubí;

pasó de la bella hurí

por la cabeza la mano,

y al contacto soberano

de dos almas de amor llenas...

sintió inflamarse en las venas

su sangre el bello africano.

 

XLIII

 

Zela ahogando su dolor

sintió palpitar su pecho;

y junto aquel muelle lecho

llegar sentía el amor;

estremecida de ardor

iba en transportes divinos

a soñar... cuando ¡oh destinos!

los siervos gritos lanzaron

que en el aire resonaron

espantosos:-¡Los beduinos!

 

XLIV

 

Salta Alí con loco afán

cual curioso tigre hircano,

llevando en la diestra mano

relumbroso yatagán;

¡vano empeño! que allí están

con el semblante altanero

los beduinos. Con certero

tino lo dejan burlado,

y lo escarnecen atado

como esclavo prisionero.

 

XLV

 

-Por fin caíste hoy aquí,

león soberbio, en nuestras garras.

-Bajo nuestras cimitarras

está el orgulloso Alí.

-Rico botín tengo allí-

dice un fiero musulmán

a los que oyéndole están,

y a Zela hermosa mostrando-:

muy presto irá caminando

para el harén del sultán...

 

XLVI

 

Al fulgurar los primeros

rayos del sol diamantinos,

caminaban los beduinos

llevando dos prisioneros;

hoscos, burlones y fieros

les predicen pena y mal.

Quedan en el arenal

tienda y haber hechos trizas,

convirtiéndose en cenizas

debajo del palmeral.

-Rawí de la guzla de oro

-llora la hermosa  Zelima-.

Prosigue al son de tu rima

la  amarga historia de amor-.

.

Enjugó Zelima el lloro,

volvió a sonar el acento,

y al son del suave instrumento

así prosiguió el cantor:

 

XLVII

 

Pasaron días, ¿Dó están

los prisioneros cuitados?

Ambos fueron entregados

al capricho del Sultán;

no valió ruego ni afán;

Alí ha perdido su bien:

que quiso tornarlos quien

reinaba en tierra morisca,

por hermosa a ella, odalisca;

y a él, eunuco del harén.

 

XLVIII

 

¡Gran profeta! Sabio Alá,

que eternamente has vivido;

que conoces lo que ha sido,

lo que es, y lo que será:

la maldición del Bajá

fue causa del cruel dolor;

porque escrito está, Señor,

que si maldice el anciano,

cuando levanta la mano

lanza el rayo vengador.

 

XLIX

 

Un día, el harén se agita

en fiestas en zambra y ruido;

es que el Sultán ha elegido

a Zela, su favorita.

Ella con pena infinita

da gemidos lastimeros,

mientras al son de panderos

y guzlas alegres danzan

cien mujeres que se lanzan

en torbellinos ligeros.

 

L

 

¡Qué de perlas! ¡Qué de flores!

¡Qué de hermosas alcatifas

envidia de cien califas!

¡Y qué de ricos olores

saltando de surtidores

como lluvia de diamantes,

y en aljófares brillantes

de las esclavas regando

ya el cabello negro y blando,

ya los senos palpitantes!

 

LI

 

En el centro de la estancia

reclinado en un diván,

escucha el joven Sultán

la armoniosa resonancia;

siente la dulce fragancia

del aroma excitador,

y mira a su alrededor

el enjambre que se agita;

y a la hermosa favorita

por quien se muere de amor.

LII

 

Zela que sufriendo está

el más amargo suplicio;

Zela que irá al sacrificio

y la víctima será;

Zela que no volverá

a ver a su cuitado Alí;

y lleva dentro de sí

una herida sanguinosa,

pues ya es del Sultán esposa

la dulce y cándida hurí.

 

LIII

 

Calla la música. Zela

junto a su dueño orgulloso,

ahoga el llanto, sin reposo,

por temor y por cautela;

en su semblante revela

la honda pena y crudo afán

que en su alma creciendo están;

y de horror casi está loca

cuando se junta su boca

con la boca del Sultán.

 

LIV

 

A una señal del señor

las esclavas se levantan,

como las aves se espantan

al tiro del cazador;

Zela muerta de dolor

queda sola con su dueño,

que halagador y risueño

la besa voluptuoso,

y le destrenza el hermoso

cabello oscuro y sedeño.

 

LV

 

Pero al llevar hacia sí

su tesoro, al frente mira

y se yergue ardiendo en ira

y con loco frenesí...

Zela grita loca: - ¡Alí!

aterrada y vergonzosa:

salta del diván la hermosa;

y al verla en otros regazos

Alí se cruza de brazos

con una risa monstruosa.

 

LVI

 

Flaco, la frente arrugada,

la mano huesosa y dura,

la crespa melena oscura

crecida y alborotada,

y con la vista extraviada,

el negro Alí se reía;

pena y salvaje alegría

en su mirada se ven

y el eunuco del harén

blande acerada gumía.

 

LVII

-Oye, amo, yo soy Alí

y ésa es Zela; tú el que ordenas;

tú la sangre de mis venas

me has arrebatado...sí.

¿Escuchas? Pues tengo aquí

en este acero tu vida;

yo, la planta destruida;

yo, el que lo ha perdido todo;

yo el miserable, yo el lodo,

yo la simiente podrida.

 

LVIII

 

Zela era mi amor; yo el de ella.

Ahora, ella alta, yo vil;

imagínate un reptil

que habla de amor a una estrella...

Hay un monstruo tiene ardor...

y es un eunuco ¡oh dolor!...

Mi amada en regazo ajeno:

yo me revuelco en el cieno

y tú...¡tu eres el señor!

 

LIX

 

Y mientras tú, satisfecho

besas a mi ángel, yo estoy

al meditar lo que soy

en rabia y dolor deshecho;

sangran mis uñas, mi pecho,

tiemblan mis carnes; y siento

que se me infunde un aliento

de mal, de horrible venganza:

ya que mi brazo te alcanza

voy a vengar mi tormento.

 

LX

 

Zela, no quiero mirarte

que el mirarte es un martirio;

tu amor es vano delirio

cuando ya no puedo amarte;

pero no quiero dejarte

en otros brazos, paloma.

Tú, monarca altivo, ¡toma!

-dijo al tiempo que lo hería-;

cierre la puerta este día

del paraíso Mahoma-.

 

LXII

 

Cuando los visires fueron

al espantoso recinto,

aquel cuadro en sangre tinto

en medio la estancia vieron:

del luto se revistieron;

rogaron al santo Alá;

aquí de esta historia larga,

que hizo luctuosa y amarga

la maldición del Bajá.

 

.

-Rawí de la guzla de oro

-dice la hermosa  Zelima-,

que tu suave y dulce rima

lleva fuego al corazón;

y que si de su tesoro

alguna joya te halaga,

ella te la brinda en paga

de tu divina canción.

 

.

-Guarda la hermosa Zelima

sus joyas y sus joyeles;

no son ésos los laureles

que ambiciona este Rawí;

son de más valor y estima

sus miradas; y mi gloria,

que conserve en su memoria

la historia del negro Alí.

 

 

 

Rubén Darío   

       (1867-1916)

Padre del Modernismo.

Príncipe de las letras Castellanas.  

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